El último minuto del año durará oficialmente un segundo más

  1. El objetivo de la adición es compensar un desfase de los relojes con la rotación terrestre
  2. Las comunicaciones y la navegación de gran precisión son los sectores más afectados
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ANTONIO MADRIDEJOS
BARCELONA

No afectará a ninguna actividad cotidiana ni por supuesto a las campanadas de Nochevieja, pero el último minuto del próximo día 31 tendrá un segundo suplementario en los relojes oficiales de todo el mundo: después de las 23.59.59 de horario universal o UTC (una hora más en España), habrá un sorprendente 23.59.60 y luego el lógico inicio del año, el 00.00.00 del 1 de enero. Los segundos intercalares o adicionales –conocidos en inglés como leap seconds— se añaden en el calendario con relativa frecuencia, a un ritmo de 30 por siglo, para compensar una curiosa particularidad astronómica. En esencia, lo que sucede es que la Tierra gira cada vez más lento.
El segundo se había definido siempre desde un punto de vista astronómico como la 86.400 parte de un día, el simple resultado de multiplicar 60 x 60 x 24. Sin embargo, el desarrollo de instrumentos de gran precisión en el siglo XX sirvió para constatar que los días reales no duraban siempre lo mismo y, lógicamente, la medida no era uniforme. Concretamente, los días se están haciendo más largos a razón de 1,7 milisegundos por siglo debido a las mareas ejercidas por la Luna y otras perturbaciones menores, como el movimiento de las placas tectónicas. Así que hubo que crear un tiempo exacto controlado por relojes atómicos, el UTC o tiempo universal coordinado, que se distinguiera de la medida clásica, el UT1 o tiempo solar.

DEFINICIÓN DESDE 1967
Siguiendo la tradición astronómica, el UTC fue cuantificado originariamente como la 86.400 parte del día medio en el periodo 1750-1890. Sin embargo, como la longitud del día solar nunca ha dejado de crecer, el estándar de un segundo UTC ha ido cambiando. La definición actual fue instaurada en 1967, con motivo de la 13ª Conferencia de Pesos y Medidas, y está basada en un proceso físico estable, aunque complejo: un segundo equivale a la duración “de 9.192.631.770 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio 133 (Cs133)”. Este es el tiempo que duraba un segundo medio en 1967. “La referencia ya no está ligada a procesos dinámicos, sino a un patrón físico”, resume Javier Galindo, responsable del laboratorio horario del Real Observatorio de la Armada (ROA), en San Fernando (Cádiz), que es el organismo encargado de fijar la hora de referencia en España.

IMPOSIBLE DE PREDECIR
¿El problema quedó definitivamente cerrado? Pues no del todo. Aunque ahora disponemos de una definición exacta de segundo, los días no han dejado de alargarse: mantienen lógicamente sus 86.400 segundos, pero si tomamos el estándar actual cada uno de ellos dura exactamente una 86.400,002 parte del día. Así que, hasta que dentro de unos años se vuelva a definir la duración media de un segundo, la única manera de igualar el calendario solar (UT1) con el calendario universal (UTC) es añadir segundos de forma artificial.
Agregar un intercalar no es tarea fácil. “El problema es que el retraso no es uniforme porque no sabemos exactamente cómo se comportará la Tierra, lo que significa que no podemos aplicar el segundo hasta que ya se ha acumulado el desfase –explica Galindo–. El último fue en el 2005, pero no sabemos si el próximo será de aquí cuatro, cinco o seis años”. El organismo encargado de controlar el proceso es el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra y Sistemas de Referencia (IERS), sito en Pa-
rís, en coordinación con los respectivos centros horarios nacionales.
El IERS hace “medias ponderadas comparando los diferentes relojes atómicos existentes –afirma el responsable del ROA–. Luego, todos nos ponemos de acuerdo y ofrecemos la misma hora”. Los segundos se añaden cuando el desfase entre UT1 y UTC se aproxima a 0,9 segundos.
Está claro que los segundos intercalares solo se entienden en un mundo necesitado de una precisión extrema. Galindo pone como ejemplo las telecomunicaciones y la navegación autónoma por GPS, cuando un lapso tan pequeño puede suponer varios metros de diferencia. “Es necesario tener un estándar –concluye– de la misma manera que hemos fijado internacionalmente qué es un metro o un galón”.

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