La neurótica invasión rusa

DOMINIQUE MOISI 01/09/2008

En el mismo momento en el que China obtenía una medalla de oro en diplomacia por el éxito de la ceremonia inaugural en Pekín, Rusia se aseguraba una tarjeta roja por la extrema y desproporcionada violencia de su intervención militar en Georgia.

Moscú no necesitaba esa exhibición de fuerza y brutalidad para defender sus argumentos

Mientras China pretende seducir e impresionar al mundo con el número de medallas olímpicas conseguidas, Rusia quiere impresionarle con la demostración de su superioridad militar. El poder blando de China frente al poder duro de Rusia: las preferencias de los dos países reflejan el grado tan distinto que tienen de confianza en sí mismos.

China puede jugar a ser víctima ante Occidente, pero sus líderes saben que su país ha vuelto a ocupar en el escenario mundial un puesto que consideran apropiado y legítimo. Por supuesto, dentro de sus fronteras, los dirigentes chinos no se sienten nada seguros y se comportan con sus ciudadanos con arreglo a ello. No obstante, mientras China da minúsculos pasos hacia adelante, Rusia está dando pasos de gigante hacia atrás.

Georgia y Rusia llevan muchos años jugando con fuego y la guerra parecía inevitable. Cada lado estaba esperando a que el otro diera un paso en falso para mostrar sus cartas.

Es más que probable que el joven e impulsivo presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, haya caído en la trampa que él mismo había ayudado a tender. Quería mostrar a sus socios occidentales que Georgia necesitaba la protección de la OTAN frente a Rusia y que, por tanto, el ingreso en la organización era urgente.

Independientemente de que en Estados Unidos algunos animaran a Saakashvili, él no se esperaba -aunque debería- la reacción “hiperexplosiva” de Rusia. Porque está más claro que nunca que Vladímir Putin es quien sigue mandando. Y la oportunidad que le ofrecía Mijaíl Saakashvili de indicar al mundo que Rusia no va a seguir soportando humillaciones era demasiado tentadora.

El Kremlin, muy consciente del ascenso de Rusia como superpotencia energética cada vez más importante, del debilitamiento relativo de la influencia y la determinación de Estados Unidos, de las profundas divisiones en Europa entre pro-rusos -como Alemania y, sobre todo, Italia- y anti-rusos (principalmente los miembros más recientes de la Unión Europea en el este de Europa), y de la parálisis de Naciones Unidas por el poder de veto de Rusia, ha querido enviar un mensaje firme al mundo: “La hora de las concesiones ya ha pasado”.

Para el Kremlin, probablemente, Osetia del Sur y Abjazia sólo permanecerán bajo la soberanía formal de Georgia si el país no se incorpora a la Alianza Atlántica.

Pero Rusia, como Saakashvili, está jugando con fuego: su estrategia de alentar a las fuerzas separatistas en las dos provincias georgianas puede encender las tendencias separatistas en otras partes de la Federación Rusa (¿se acuerdan de Chechenia?). Además, Rusia está aislándose de forma innecesaria del resto del mundo.

Sobre todo, esta crisis confirma la nueva jerarquía de poderes que existe hoy en el mundo. En este mundo nuevo, China y Rusia han vuelto y Estados Unidos, aunque sigue en la cima, está en declive. En cuanto a Europa, aunque la Unión Europea hace de mediadora, cuando actúa deja patentes los límites de su influencia.

La UE sólo es verdaderamente “convincente” cuando puede utilizar el poder seductor del carnet de miembro. Pero a Rusia no le interesa entrar en el club, al menos no con las condiciones europeas. Los rusos saben muy bien que los estadounidenses desean su ayuda en Oriente Próximo; en otros temas, escuchan a Europa y Estados Unidos con una actitud que oscila entre la indiferencia y la brutalidad.

Rusia también ha dañado innecesariamente su imagen internacional. El Kremlin no necesitaba esa exhibición de fuerza y brutalidad sin límites para defender sus argumentos. Ahora, China, en comparación, parece un socio respetable.

En cuanto a Occidente, se enfrenta a un dilema. ¿Puede recompensar a los georgianos por la irresponsabilidad de sus dirigentes y acelerar la entrada de su país en la OTAN? Por otra parte, ¿puede permitirse el lujo de conceder a Rusia el derecho de facto a controlar, directa o indirectamente, países como Georgia hoy y como Ucrania mañana?

La crisis actual en el Cáucaso no significa el regreso de la guerra fría, ni va a suponer seguramente el inicio de una guerra abierta entre Rusia y Occidente; es algo más sencillo, la vuelta del imperialismo tradicional practicado por el imperio ruso hace más de un siglo.

China es, con la excepción de Tíbet, un imperio confiado y satisfecho con el statu quo. Rusia, por el contrario, es una potencia imperialista revisionista, cuya falta de seguridad en sí misma está empezando a asustar de nuevo al mundo.

Dominique Moisi, fundador y consejero en el Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), es catedrático en el Colegio de Europa de Natolin, Varsovia. © Project Syndicate, 2008. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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